Claudia Castillo

Claudia Castillo

Soy mexicana de nacimiento, estoy hecha de maíz y sol. Vivo desde hace 25 años en la bella ciudad de Seattle. Nací amarrada a las letras y a sus infinitas combinaciones.

Tengo la fortuna de pertenecer a Seattle Escribe, el mayor grupo de escritores hispanohablantes del noroeste de los Estados Unidos, donde he tomado clases de escritura creativa. Este maravilloso grupo y sus maestros han sido una gran fuente de motivación y aprendizaje.

Josefina

RELATO FINALISTA

1er Concurso "Relatos en femenino"

A
quella noche tuve que reinventar a Josefina, para no perdernos las dos en el caos de su derrame cerebral. Para quedarme y convertirme en testigo de su historia y luego contarla. Para aprender a ser hija y madre de la misma mujer.

Mi madre y yo somos tortillas del mismo comal. Hemos sido compañeras férreas de esta ruta. Juntas hemos andado caminos acumulando pérdidas y ganancias. Me regaña porque no soy creyente, pero me dice que no me preocupe porque con la fe que ella tiene, a Su Dios le basta para cuidarnos a las dos.

A veces recuerdo a la madre de mi infancia. Fue tirana y alcahueta y me gusta pensar que ambas caras eran su mejor modo de ser mi madre. La veo con un montón de chiquillos, sus cigarros Fiesta y su Pepsi con aspirinas.

Hace veinte años, cuando enfermó, se hizo ella chiquita y yo grande. Está viejita, ya no brinca en los charcos y tiene los recuerdos empolvados. Bendita sea, sus preocupaciones ahora son menos sublimes y más cotidianas. Quiere ver globos de colores, pero allá en su plaza y oír las campanas de su vieja iglesia.

Sentadita en su cama sin dentadura y en pijama color azul, parece de cinco años. Los pies no le llegan al piso, los balancea como hojas de otoño que van cayendo. Ya no se le posan mariposas en sus pechos, solo le quedaron las de papel maché pegadas en su cuarto con chinches de colores. ¿Cuántos días son ochenta años?

Me canta pedacitos de “Luna de Octubre”, terminando siempre la tonada con un —ay… ya se me olvidó la letra…  Ahora sus mañanas son otras, se despierta buscando en el cajón de los recuerdos uno que la motive a levantarse. Ojalá que sus recuerdos sean alebrijes de colores alegres y brillantes para que compensen sus tristezas de antaño.

Dice que el corazón le llora porque tiene más familiares muertos que vivos. Y sus difuntos están enterrados allá, lejos. Juntas, ella les reza y yo los recuerdo para que la esperen porque dice que al rato los alcanzará. Nos pesa que escogimos tierras ajenas para morir.

Llenamos ya los silencios con diminutos movimientos de cabeza, de que sí, de que no. Imperceptibles para otros quizás. Ya llovió desde que nos hicimos cómplices, como amigas pues. Ya entrados mis cuarenta y sabiéndonos indispensables una a la otra, nos dimos una tregua porque se nos acabaron los motivos para pelear, nos los gastamos todos.

Le pregunto por qué me puso Claudia y me dice que-porque-sí porque fue el único nombre que se le ocurrió, pues para cuando me trajo al mundo ya estaba cansada de hijos, pobreza y escobas. Le digo que entonces me llamo “Claudia-porque-sí” y se ríe con ese chasquido en la boca que le conozco tan bien, el mismo que usa cuando se le han acabado los argumentos.

A veces, cuando la veo triste, pienso si se le quedó la alegría en alguna cazuela de esas que tanto meneó o en alguno de tantos embarazos que no logró. A lo mejor la enterró —la alegría— junto con el niño Jorge Alberto que se le murió nomás a los cuatro días de haber nacido; lo recuerda cada catorce de febrero, el día que lo trajo al mundo. Me cuenta que le hubiera gustado ser enfermera porque no le da miedo ver sangre mientras esta sea ajena, claro, nunca de la familia.

Me ha enseñado no solo a ser madre, sino a ser su hija. Difícil tarea. Y así la quiero conmigo setenta veces siete.

Ella vive ahora en un lugar donde la calma y la monotonía reinan, cualquier cosa que pase al fondo del pasillo siempre es novedad. No sé si la Catrina vive aquí o viene de vez en cuando. Una diría que llega de improviso, de sopetón. Cuando los viejos pierden la esperanza, entonces la muerte es una bella alternativa.

A los viejos les queda menos tiempo para recontar sus historias. Cuando se han vivido tantos inviernos, es necesario contarlas una y otra vez para que no mueran con ellos.

Con su mirada ansiosa muy pendiente de los tesoros de mi bolsa me pregunta siempre —¿Hoy qué me trajiste? y nos ponemos a platicar de su México de antes.

No sé cómo recuerden ustedes a su madre. Esta es la mía, mujer-madre mujer-hija contadora de historias.

Josefina

De dónde salió la inspiración para escribir “Josefina” y participar en el concurso

Para este relato, como para muchísimos otros, me inspiró una mujer magnífica: mi Madre. Es un pequeño tributo por haberme traído al mundo y por los cuarenta y ocho años que anduvimos juntas. Ella vino a enseñarme los oficios de una guerrera.

Críticas sobre mis escritos

El estilo de Claudia Castillo, minimalista y certero, junto al tono introspectivo de sus relatos, denota maestría en el uso del lenguaje. Claudia ha encontrado su voz.
Rita Wirkala, PhD.
Autora
La prosa poética de Claudia Castillo nos hunde en el mar impredecible de los recuerdos; es un canto que nos mece en el dulce oleaje del amor hogareño y nos estalla contra la muralla de la muerte.
Maria de Lourdes Victoria
Autora
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