Dana Baioni

Dana Baioni

Pueblerina devenida en citadina. Ingresé en la carrera de medicina a los 18 años, en la ciudad de Rosario, y poco más tarde empecé a escribir. Actualmente hago malabarismos para intentar que la ciencia y el arte convivan conmigo de forma armoniosa. Es todo un desafío.

Como profesional de la salud, estoy firmemente comprometida con la lucha por la igualdad de oportunidades y el servicio a la sociedad. La escritura es mi cable a tierra; mi manera de conocer y compenetrarme con diferentes culturas, diferentes ideas, diferentes lenguas. La medicina es mi vocación, y la literatura mi pasión.

25 N

RELATO GANADOR

1er Concurso "Relatos en femenino

U
n animal salvaje ronda las calles de la ciudad transformando adoquines en arena con la fuerza de sus pisadas. Arena que se eleva en el aire y vuela en cualquier dirección llevada por el viento frío e insistente, viento nuevo, viento de fin de otoño, viento que presagia cambios.

En los hogares, en oficinas, en las aulas, en los parques, la arena se mete intrusa en ojos que observan indignados, horrorizados, pasmados, incrédulos al animal salvaje que se ha liberado de sus cadenas y ahora camina libre por sus calles, reclamándolas. Ojos indignados, horrorizados, incrédulos que reciben con desconcierto la mirada de otros ojos, los ojos del enemigo que los interpela desde la primera página de todos los periódicos, desde la pantalla del televisor, desde la vereda de enfrente. Ojos desafiantes, ojos sonrientes, ojos de mujer, ojos orgullosos que hablan muchos idiomas y el mismo.

La arena trae consigo un diluvio de rugidos que inundan el espacio y atraviesan las paredes de los edificios, las puertas de los hogares y los vitrales de las iglesias. Canciones que brotan de la garganta del animal salvaje que sigue avanzando, agitando su melena naranja como el fuego del sol. Canciones que prometen guerra y libertad, que prometen no olvidar una promesa rota. Canciones que gritan nombres en un llamado primitivo. Nombres de mujer. Llamados sin respuesta; nombres sin cuerpos y cuerpos sin nombre.

Sigue caminando el animal salvaje y con cada paso reclama y se agita molesto, con cada paso crece el miedo de quienes lo observan avanzar, miedo que se hace denso y envolvente como la niebla, miedo de que les arrebaten lo que arrebataron.

Arrojan piedras al animal salvaje, que aparta escombros y escollos de su camino. Se abre paso con su aliento, recibe las piedras, agita la melena, y vuelve a rugir.

Crujen los cimientos allí por donde pasa y caen los edificios más viejos. Caen antiguos, vetustos, obsoletos. Caen vencidos. El animal se yergue, eleva su cabeza y endereza la cerviz. Aplasta a sus rivales bajo sus pies, que todavía sangran por las llagas que han marcado en su piel antigua las arcaicas cadenas. Aparta de un coletazo a quienes se acercan echando espuma por la boca y blandiendo látigos. Sigue cantando el animal salvaje y el viento arrecia, choca con fuerza contra la fiera que no ceja en su avance.

Sus domadores, despiadados e imprudentes, clavan en el lomo del animal sus dientes amarillentos e instilan en la carne blanda el veneno de su aliento agrio. El animal se vuelve y con voz acerada sentencia:

— Todo terminará cuando sea libre.

El domador más viejo y más temeroso le responde con saña:

— O cuando estés muerta.

El animal salvaje se ríe. Su risa insolente y victoriosa se desintegra en el viento junto con su cuerpo. El rugido eterno se transforma en el batir ensordecedor de infinidad de alas que brillan al sol. Mariposas. Cientos, miles, millones. El eco del animal salvaje resuena por los corredores de la historia, arcano y ancestral. Resuena con voz de madre, de doncella intrépida, de vieja sabia:

— Que así sea; no puedes matarnos a todas.

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