Niria Suárez

Niria Suárez

Mi nombre de pila es Niria Suárez, aunque firmo mis escritos como Niria Arroyo porque siento una conexión vital, casi serval, entre ese ascendente genealógico y los asedios de mis memorias. En este momento (enero 2020) tengo 66 años y me dedico a rescatar la escritura literaria que dejé aparcada mientras ejercía docencia e investigación en Estudios Culturales, como profesora Titular,  en una universidad venezolana.

De aquella larga y formativa trayectoria quedó una maestría en Estudios Sociohistóricos, publicaciones (libros y artículos de revistas especializadas),  proyectos culminados y presentados en congresos y simposios; y la fundación de un museo virtual que rescata y resguarda patrimonios intangibles de la cultura de la palabra de la cordillera andina venezolana (www.saber.ula/mumcoa/).

Voces

RELATO FINALISTA

1er Concurso "Relatos en femenino"

M
is ojos hablan cuando miran, aunque no condescendientes, son inquisitivos. Ojos que auscultan, miran la piel buscando manchas, verrugas, lunares que aparecen sin anuncio y sin dolor; miran las manos, venosas e inseguras, miran el pelo, débil, opaco, y miran sobre todo la mirada. Los ojos viejos miran espantados, interrogantes; son una fuente de lágrimas que brotan sin motivo, y sin embargo, ante una situación dolorosa, quedan secos como palos de canela.

Ojos que no son tiernos, no son ingenuos, ni tristes, ni alegres, ni  amenazadores, y son todo eso a la vez; miran la incomprensión. Pueden llegar a ser malvados, incrédulos y se comportan como espejos del espanto. Sus miradas húmedas no van directo a las personas, se detienen en los árboles, en el mar, en la montaña, en el chocolate, en los helados, y sobre todo, en el horizonte. Más que mirar, divagan buscando algo que no se parezca a lo ya conocido. En duermevela suelen ser inquietos, proyectan imágenes  recurrentes, escurridizas, hasta que al filo de la medianoche, en el umbral del  REM, entran en el esperado sueño que por fin lleva a un lugar remoto, al no  retorno.

Aun así, he de respetar la valiente misión que llevan tan bien como pueden: la de avistar y advertir a sus congéneres vecinos de ese edificio sombrío y quejumbroso que es un cuerpo viejo, los colores que van saliendo en los fluidos y el sin fin de erupciones inesperadas y puntuales. Por temporadas los ojos centran su atención en objetivos distintos: músculos, membranas, protuberancias varias, venas, tendones, articulaciones, hasta terminar convirtiéndose en una extensión de la memoria, porque comienzan a llevar perfecta cuenta de los cambios que se van produciendo día a día, semana a semana, mes a mes, hasta que ya no queda otro excusa para ir al médico.

Los ojos viejos tienen obsesión con la orina y con la lengua. Todas las mañanas como autómata programada, me planto frente a la taza del retrete a ver el color de la orina, que por lo general es muy claro por el agua que llevo tomando todo el día; en ocasiones olvido que he consumido remolachas o complejo b y de pronto me horrorizo, hasta que caigo en cuenta de que las he tomado.

Cuando nos ponemos viejos nuestros ojos dirigen su atención a lo anormal, parece que tienen una facultad especial para ver lo que durante años pasamos por alto, es como si comenzáramos a depender de ellos ya no tanto para ver lo que está frente a nosotros, sino lo que está oculto, the other side; es irónico pero es así, más que mirar escrutan lo micro, por muy debilitada que tengamos la visión, buscan enfocar el lugar más recóndito y oscuro.

No sé si lo leí en algún lugar o simplemente lo imaginé, pero con la vejez, la lengua se convierte en lector óptico, en el mural de la verdad; y no solo eso, comienza a tener peso, es como si creciera, o al menos comenzamos a tener conciencia de que la tenemos, y que necesita ejercitarse. Toca ver qué dice la lengua, y vaya que habla.

Sí, la lengua también envejece, pero es un envejecimiento perezoso y pesado como un megaterio. Pide limpieza profunda, exige frescura, es intransigente ante la falta de cepillado y enjuague. Aun cuando las papilas no se regeneran tan rápido como en la juventud, curiosamente van cambiando sus funciones, o mejor dicho, redimensionándose. A estas alturas, mis papilas del amargo deben estar venciéndose o dormidas porque lo soporto sin rechazo, hasta me voy acostumbrando y menos mal, porque de todos los sabores, el amargo es el menos prohibido por los gerontólogos como sí pasa con el salado y el dulce. La buena noticia es que mientras más se reduzca el número de las papilas, puedo tomarme pócimas regeneradoras y desintoxicantes sin traumas; es un gesto compasivo que tiene la lengua con la vejez,  aun así es un buen indicio, no sólo de vejez, sino de sana vejez.

Sentidos que cambian sus funciones con el paso de los años, pero ninguno lo hace con tanto desparpajo como auditivo; se vuelve astuto, selectivo, voluntarioso, impaciente y por supuesto sordo. Se cansa rápido, en particular de la verborragia política, del discurso fundamentalista; se hace el sordo con los comentaristas deportivos, los hermanos en Cristo, rehuye al reguetón. Escucha lo que quiere y cuando quiere. Y se vuelve amable y dócil con las voces de la infancia y los notas de Erik Satie.

Mi obra

En la actual andadura escribo relatos que medran registros memorísticos, soledades y desarraigos.

Títulos publicados:

  • La formación histórica del sistema cañamelero: proceso sociohistórico de la cultura de trapiche y la panela en Mérida (Vzla)
  • La Investigación documental paso a paso: manual para investigadores.
  • El problema de la tesis o la tesis como problema; ensayo metodológico.
  • Feligresía y poblamiento: procesos de sociabilidad e intercambios en culturas locales
  • Familia, trabajo e identidad (coeditora). Estudios sobre procesos identitarios en formaciones sociales andinas.

Títulos inéditos:

La hija de la costurera que sólo quería un vestido de verano

Novela

“Soy Laura y ésta es la historia de mi infancia que irrumpe en una noche de desvelo. Antes fui Rosa Virginia, luego Celia, más adelante Águeda, hasta llegar a Laura. A cada una corresponde una versión distinta de esta novela; no tengo idea, por ahora, qué otro nombre llegaré a tener, quizás el día que encuentre ese nombre coincida con la versión que mis posibles lectores tengan en su mano. A cada una de ellas correspondió un tamaño y letra diferente; nací como Ariel 14, me disminuí como Time New Roman 11, y ahora me presento como Verdana 12, me gustó tanto que de salir una nueva versión,  seré Verdana o Ariela, me gustan esos nombres.

El título inicial de la novela, Vestido de Verano, vapuleado una y otra vez por cada nuevo corrector, aguantó el tipo durante mucho tiempo, porque es el que mejor expresa la trama que subyace en su  origen. Todo comenzó con el recuerdo lejano de la promesa de un vestido maravilloso que nunca se confeccionó, la insistencia en quererlo, me convirtió en una perseguidora solapada, siguiendole los talones a mi madre, convirtiédome en testigo incómodo e inoportuno, de escenas estrafalarias que no comprendía pero me parecían fascinantes. Quizás esa fascinación sea el motivo de que mi infancia esté presente en la memoria, enmarcada por un enorme arco de luz, cuyo resplandor ilumina los claroscuros que se mueven en el interior.

Vestido de Verano se mantuvo firme ante cada nuevo corrector, y no porque no hayan aparecido señuelos tentadores como por ejemplo Las Trampas de la Memoria, que descarté porque lo asocio a Octavio Paz y a través de él, a Sor Juna Inés;  La Niña Ingrávida, Secretos de Familia, Una Débil Mental, igualmente descartado porque se adelantó Adriana Harwicz, y otros tantos más que asoman en las noches insomnes mientras leo mentalmente lo escrito durante el día. Por alguan razón, Vestido de Verano resiste el vendabal, se retuerse, se inclina hacias los lados, para yacer en la arena mojada, arrastrado por las olas hasta los bancos de arena que  providencialmente lo salvan, enviándolo a la cima en medio de algas y sargazos. El que tiene en sus manos es La Hija de la Costurera, pero su esencia cuelga bajo el sol, ondeando por el viento, como un vaporoso vestido de verano.”

Relatos del exilio/cuadernos del desarraigo

Personajes que van y vienen entre los exilios emocionales, luchando por contener desarraigos en proceso.

Relatos del fuego

Un homenaje a la cocina de la casa de la infancia, pero también el meta relato detrás de las despensas menguadas.

Habla mi cuerpo

La escucha del cuerpo, la plena conciencia del desgaste inexorable.

Soledades encubiertas

Microcuentos y relatos seleccionados

Diarios de una mala escritora

(en curso)

Miradas desde el desapego,  volver a lo no visto, lo no hablado, algo así tan proustiano como el tiempo recuperado.

Algunos de mis relatos han aparecido en el blog literario palabrayverso.com.

BÚSCANOS EN
PAGO SEGURO
botarriba